Quienes tienen problemas y quienes se los buscan.


Hace años que estoy convencida de que existen, básicamente, dos tipos de personas: las que tienen problemas y las que se los buscan. La primera categoría está formada por personas que se han encontrado o se encuentran con problemas que no se han buscado: de salud, de dinero, de relaciones. Sencillamente les afecta algo de lo que no son directamente responsables. Un ejemplo: seis millones de parados. No todos es por gusto ni mucho menos digan lo que digan algunos. La segunda categoría son personas que, a falta de problemas reales, se los inventan. Son personas, hombres y mujeres, que lo han tenido o tienen todo bastante fácil en la vida: tienen buena salud, una economía desahogada (muchas veces por heredar dinero, propiedades o empresas) y relaciones más o menos estables (dado que los verdaderos amigos se ven en las crisis y ellos no las tienen).

Por ejemplo, una persona que pasa hambre o tiene una grave enfermedad o se ha topado con alguien que le ha amargado la vida de manera importante estaría en la primera categoría. Una persona como Kim Jong-un está en la segunda.

Pero no hace falta ser un dictador para buscarse problemas. Hay gente que nace y crece en un entorno familiar estable, con los problemillas habituales pero ninguno grave, que tiene buena salud, que tiene un buen trabajo (a veces justo por intervención familiar o de algún amigo), etc.. Pero que, contrariamente a lo que haría alguien que sí sabe lo que es un problema, que sería disfrutar y ser útil, pues se dedica a buscarse esos problemas de los que carece. Entonces estas personas se autoamargan la existencia y la amargan también a quienes les rodean. Pueden exagerar cosas hasta el infinito, caer en cualquier tipo de drogadicción, volverse excéntricos, aficionarse a los libros de autoayuda y, por supuesto, creerse que nadie, pero que nadie nadie en el planeta, sufre lo que ellos.

Hace unos meses ví parte de un programa de televisión (no recuerdo el nombre) que trataba sobre la ley de dependencia. Salía allí una familia: el padre estaba en silla de ruedas, no sé el motivo, el hijo mayor tenía una enfermedad neuronal degenerativa y era prácticamente un vegetal, la hija pequeña también tenía un retraso mental aunque su aparato locomotor sí funcionaba. La madre sonreía contínuamente, inmune al cansancio, todo el peso de la familia recaía sobre ella. El padre podía ir a recoger a la niña al colegio en la silla porque ésta tenía un motor pero, obviamente, alguien con la movilidad tan reducida no puede ayudar tanto en la casa como si se pudiera mover libremente y, claro está, tampoco tenía trabajo. Digo tampoco porque con este panorama la madre bastante tenía en casa como para poder trabajar fuera. De hecho ¿cómo dejarles solos? (imagina que le ocurre algo al niño: ¿quién y cómo lo atendería?). Los únicos ingresos de la familia eran de poco más de mil euros y gracias a esas ayudas de la dependencia. No sé en qué situación estarán ahora. Lo que sé es que nunca he visto a nadie mirar a otra persona como ese hombre miraba a su mujer.

La escena me recordó a otro programa de televisión que me contó un amigo: una familia muy acomodada con una hija adolescente. El padre le pregunta a la hija que va a hacer hoy y ella, haciéndole un favor al contestarle, responde: “No sé. ¿Las uñas?”

Sin llegar a estos extremos todos nos encontramos con personas que se fastidian a sí mismas y a los demás. Son como la gente pesimista o quejica: es mejor mantenerlos lejos. Es preferible tratar con personas que tienen problemas reales a hacerlo con quienes se los buscan, sobre todo porque quienes sí saben lo que es enfrentarse a algo serio también saben poner las cosas en su justa medida, no haciendo tragedias griegas de lo que no pasa de anécdotas, mientras que estos niños/as mimados, inmaduros para su edad en tantas cosas, se ahogan en un vaso de agua y además te echan la culpa a tí. Es una lástima, pero a menos de que se sea un psicólogo experimentado y en horas de visita, lo más aconsejable es dejarlos estar o te acaban amargando a tí también.

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Acerca de Irene Tejada

Española por los cuatro costados, no me puedo decidir entre la montaña y la playa, de modo que vivo en la playa pero con vistas a la montaña. Lo sé, es mucha suerte.
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